lunes, 19 de enero de 2015

LA HUÍDA

Hola a todos.
Nueva edición de TE ROBO UNA FRASE, juego propuesto por Ramón Escolano.
La frase de este mes es "Nadie respondió. El viento suspiraba entre los árboles, haciéndoles emitir susurros misteriosos. A la sombra oscilante de los olmos que se alzaban del otro lado del muro podía ver la lápida de Hubert Marsten" —De Stephen King, sacada de la novela: El misterio de Salem’s Lot.
De nuevo algo muy diferente de lo que suelo escribir. Deseo que os guste.
LA HUÍDA

La puerta se cerró como siempre a las nueve de la noche. Y de nuevo se quedó en la más absoluta y terrible soledad. Llevaba ya tiempo pensándolo, aunque no se sentía capaz de hacerlo. Cuando ella se iba, a las nueve en punto cada anochecer, ya nunca le ataba. Había comprobado que ahora tenía miedo a salir de la casa. Ni con luz, ni en la horrible oscuridad, se atrevería a hacerlo. ¿A qué lugar iría si se marchara? ¿Dónde dirigirse?
Hacía ya diez años que estaba encerrado en esa casa. Al principio, siempre atado. Ella venía cada tarde, hacía la labor de casa, le daba la comida y le hablaba. Cuando todo comenzó, intentó soltarse, luchar, escapar… Pero ella siempre le drogaba. Estaba tan harto de aquellos pinchazos que poco a poco fue volviéndose más y más servil. Hacía ya muchísimo tiempo que ella no le pinchaba, aunque por las noches y las mañanas había permanecido atado aún demasiados años. Pero desde un par de meses atrás, ya no le ataba, no era necesario. El miedo al exterior era mayor a sus ansias de escapar. Él ya no quería irse, pues no imaginaba ningún lugar donde querer ir, ninguno donde estar mejor que allí.
Con el tiempo se había convencido de que ella tenía razón: Si permanecía atado era por su bien. Si continuaba encerrado en aquel lugar era para protegerle de los terribles peligros que existían en el exterior. Él no los recordaba porque había transcurrido demasiado tiempo, pero ella se lo recordaba a diario: se veía obligada a sobrevivir en un mundo hostil y lleno de riesgos. No era necesario que él sufriera también. Era tan buena… Le quería tanto…
Sin embargo, al llegar el invierno, algunos recuerdos volvieron y de repente se sintió “solo”. Aquel día le pidió que se quedara con él por la noche. Pero ella le explicó que era imposible. Él insistía: si fuera había tanto mal, ¿por qué no se quedaba con él, allí? No quiso razonar, ni hablarlo. Se enfadó mucho al ver la insistencia de su hombre, de modo que gritó y le recordó por enésima vez cuánto la debía. Él sufría con estas situaciones, por lo que decidió dejarlo pasar… O no tanto…
Esa misma noche cuando ella salió decidió seguirla, pero por supuesto la puerta estaba cerrada con llave. Entonces volvió esa idea que le había estado atormentando: ¡escapar! Sí, pero ¿para ir a dónde? No sabía dónde se encontraba, ni cómo llegar a ningún lado. Seguro que nadie se acordaría de él, después de tantos años. Su amada Elena… su princesa Emma… Pero no podía seguir allí por más tiempo. No podría soportarlo.
Agarró la silla del comedor, aquélla tan pesada, y la estrelló contra la ventana del baño. Era la única que no tenía rejas. Demasiado pequeña, pero no había otra opción.
Con mucha dificultad salió por el hueco. Le costó mucho, no cabía, pero empujó hasta que lo consiguió. Se rasguñó el brazo y se cortó la pierna y sin embargo no le dolía. Resquemaba, sí, pero el aire frío de la calle quemaba mucho más. Aguantó la respiración, hasta que no pudo más y cogió una gran bocanada de oxígeno. ¿Y si era verdad lo que ella le dijo? ¿Y si el aire se había viciado tanto en este tiempo que no podría sobrevivir fuera? Era extraño, pues nada de aquello que le había contado tantas veces ocurrió. Al contrario, el aire era fresco y puro y no dañaba sus pulmones ni su piel.
Comenzó a recorrer aquel caminillo por el cual la había visto alejarse cada día, hasta llegar a los árboles del fondo. Allí, giró a la izquierda y pudo ver un gran muro que se elevaba varios metros más adelante. ¿Se esconderían allá aquellos seres mutantes, resultado de un extraño objeto que impactó cerca, un par de años atrás, tal como ella le había narrado? Sus pies pesaban demasiado, le costaba andar y respirar. Se moría de miedo, pero llevaba ya varias semanas pensando que si ella sobrevivía cada día a la convivencia con aquellos seres, quizá él también podría. De todos modos había decidido que no le importaba morir: prefería hacerlo al fin, a seguir muerto en vida, en aquella prisión.
Avanzó hasta la pared y encontró la entrada. Intentó abrir la puerta, pero no podía. Sin embargo veía luces y oía algo parecido a voces, susurrando. Decidió preguntar, entonces:
-          ¿Hay alguien ahí? Por favor, necesito ayuda.
Nadie respondió. El viento suspiraba entre los árboles, haciéndoles emitir susurros misteriosos. A la sombra oscilante de los olmos que se alzaban del otro lado del muro podía ver la lápida de Hubert Marsten.
Y entonces lo entendió. Recordaba ese lugar: era el cementerio del pueblo. Todo el tiempo había estado a escasos quinientos metros de su casa. Si seguía el lateral del muro y se adentraba en el pueblo, la tercera de la derecha era la suya. ¡Dios! ¿Seguiría su familia allí? ¿O por el contrario, los mutantes les habrían atacado? ¿Continuaría viva Elena, su esposa, su amor…? ¿Y su pequeña? Era muy pequeña cuando él se fue, apenas un añito. ¿Qué le habrían contado de él? Si ella supiera que no se fue por propia voluntad, que esa mujer lo engañó y lo encerró… Y luego…
A medida que se acercaba a la casa, el miedo era mayor, pero también la necesidad de verlas. A su amor y a su pequeña princesa, a su Emma linda. Cada paso por aquella acera era un auténtico horror… Cada metro menos era como escalar la montaña más alta. Jadeaba sin parar, como si estuviera agotado. Por fin llegó la puerta, pero su brazo pesaba toneladas y no podía tocar el timbre. Se ayudó de su otra mano para llegar al interruptor y entonces la puerta se abrió.
Una preciosidad de once años con los ojos más lindos del mundo, le miró fijamente.
-          ¡Mamá, ven! ¡Es papá! – Gritó desde la puerta. A continuación, mirándole a él, le dijo – ¡Ya era hora de que vinieras! ¡Cuánto has tardado! – y se abalanzó sobre él, dándole el abrazo más cálido y tierno que jamás recordara.
Levantó los ojos y la vio: su linda esposa, su amor, su vida… Llorando, se acercaron fundiéndose en un beso. Aquel beso que lo acunaba y lo protegía. El miedo había desaparecido. Y el frío. Ahora todo estaba bien. Ahora estaba en casa.

10 comentarios:

  1. Jo, ¿siempre tienes que acabarlos tan bien, tipo aquello de; "y comieron perdices"? es tan lindo tu relato y dulce su final... que se me ha indigestado. Ja,ja,ja,ja,ja,ja. Pero va, te lo perdono porque tu eres así... de dulce. Besos corazón.

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    1. Gracias Frank. Por leerme, por comentarme y por decir que soy dulce... Jijijijij. Pero sí, es un problema: del mismo modo que tú estás "un poco zumbado", yo soy de "Fueron felices". No lo puedo evitar.
      Besos a ti, corazón. ;-)

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  2. Me has mantenido en tensión todo el relato. Me iba entrando cada vez más ansia, temiendo que ella le pudiera encontrar en cualquier momento y frustrara su huída...
    Menos mal que al final ha podido llegar a su casa, sano y salvo, y los suyos seguían allí, sin mutantes ni nada... :-)
    Besicos mil, amiga Mary, y gracias por seguir jugando ;-)

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    1. Gracias a ti, Ramón. Por seguir con el juego, a pesar de "las cosas". Yo quiero seguir haciéndolo: me encanta escribir y esta es una maravillosa forma de hacerlo.
      Besucos a ti y "nos leemos" ;-)

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  3. Que ya pensaba que él estaba muerto, pero no, es mejor tu final. Me ha encantado.Besos.

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    1. Gracias Amelia. Aún no he conseguido llegar a esa fase de la creación. Soy una escritora de finales felices. Pero no te preocupes: pronto descubriré la felicidad que lleva consigo estar muerto. Y lo meteré en mis finales.
      Besos a ti, linda. ;-)

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  4. Antes te he escrito, pero creo que no he llegado a mandarlo. Asi que lo vuelvo a hacer. En el caso de que si te haya llegado, te pido disculpas. Te he encontrado hoy y me has encantado. Me has tenido enganchada a la historia desde que empezó. La sensación de que la resolución de la historia iba a ser triste me instaba a seguir leyendo. Maravilloso. Como he dicho, te acabo de conocer, así que iré echándole a tu blog un vistazo poco a poco. Yo acabo de iniciarme en el mundo del blog, así que ahora mismo mis relatos son de novata y un poco "torpes". Por si sientes curiosidad, te dejo el enlace: sandramiagui.blogspot.com.es Lo dicho, voy a olisquear por tu blog. Por cierto, me encanta la idea de la frase. Un saludo

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    1. Mil gracias Sandra. Un placer que me hayas encontrado y que olisquees!!!
      Lo de la frase es un juego. Si te animas, dile a Ramón y te esperamos en febrero. Es un amor y estará encantado de que participes.
      Besos

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  5. Me ha gustado mucho el giro que le has dado a la historia y me encantan los finales felices, lod de "y comieron perdices". Yo no los suelo utilizar por eso me da envidia quien lo hace y lo hace bien.
    Muy bonito. Enhorabuena, Mary Ann.

    Un abrazo.

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    1. Gracias Ricardo. Yo es que sí: soy una romántica empedernida. Y me encanta serlo. Gracias por tus palabras. Besotes.

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