domingo, 26 de enero de 2014

LOS SENTIDOS 3

HOLA:
Os dejo la tercera y última (¿?) parte de LOS SENTIDOS. Por supuesto, especialmente dedicada a Vane, pues el texto entero es mi regalo de cumpleaños para ella. Pero también quiero dedicársela a todos los que pulsasteis "Me gusta" en facebook, a todos los que comentasteis, tanto aquí como en face, y a todos los que lo habéis leído, aunque no hayáis opinado. Gracias y, como siempre, deseo que disfrutéis leyéndolo. 
BESOS.



A la mañana siguiente Sandra se despertó, se duchó y se vistió para marcharse. Cuando salió del baño, Alberto estaba levantándose y se acercó a ella.
- Buenos días, bonita. ¿Te quedarás a desayunar, no? – le dijo mientras la abrazaba.
- No, Alberto. Hoy es mi cumpleaños y he quedado con mi familia para comer. – le respondió Sandra.
- Pero yo quedé en llevarte… Espera que me visto… ¿Tu cumpleaños? Joder, felicidades. – Alberto volvió a abrazarla.
- Tranquilo, puedo coger un bus aquí mismo. No pasa nada. Gracias. – le tranquilizó Sandra.
- Podemos quedar esta noche. Ayer lo pasamos “de puta madre”. Estaría bien repetir, ¿no? – invitó él.
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Fragmento del relato incluido en RELATOS ÍNTIMOS DE MARY ANN GEEBY.

sábado, 25 de enero de 2014

LOS SENTIDOS 2

Hola: segunda entrega del relato Los Sentidos. Especialmente dedicado a Vane. Como siempre, espero que lo disfrutéis. Mañana la tercera y última (¿?)


LOS SENTIDOS 2


            Por la noche Sandra llegó puntual al restaurante. En cuanto cruzó la puerta vio a Alberto sentado en la mesa del rincón. Se levantó a recibirla.
            - Hola bonita. Estás preciosa. – le dijo.
Y se acercó a besarla en la mejilla. Tardó en separarse, disfrutando del aroma de su pelo. ¡Dios, qué bien olía el pelo de Sandra! Ella también se demoró en oler el cuello de Alberto. Había vuelto a ponerse Playboy Vip. Alberto ayudó a Sandra a quitarse el abrigo y lo colocó en una de las sillas que quedaban libres. Se sentaron de modo que quedaban de espaldas y fuera de las miradas de la gente.
- Me he permitido pedir para los dos. Como me dijiste lo que te gustaba… – le dijo Alberto.
- Perfecto. En un italiano conmigo se acierta siempre. – respondió Sandra, coqueta.
Estuvieron toda la cena charlando de ellos. A ambos les gustaba el cine, la música pop, salir a tomar unas copas y bailar, el fútbol (ambos eran del Real Madrid) y conducir. Sandra tenía un Rover y Alberto un BMW.
Al llegar al postre Alberto quiso que compartieran el tiramisú, comiendo con la misma cucharilla. A Sandra le pareció muy romántico, pero cuando le pidió que le diera un poquito de su boca, ella casi se derrite. Alberto besaba “de cine”. Comenzó lamiéndole los labios mientras susurraba:
- ¡Tus labios y el chocolate! Mmmmm… ¡Delicioso!
A continuación siguió besándola a la vez que metía los dedos por su pelo. A ella le hizo subir la temperatura. Pero inmediatamente coló una mano por su escote, soltando un botón de su blusa, paseando la yema de sus dedos por la puntilla de su sujetador. Sandra retiró la mano con la suya, diciéndole:
- Alberto, por favor, estamos en un restaurante. – a la vez que bajaba la mirada, ruborizada.
- Hey, bonita: nadie nos ve. ¿Qué pasa? ¿No te ha gustado? ¿Te he incomodado? Si es así, perdona. Pero no bajes tu mirada. Adoro esos ojos lindos. – le pidió, levantando su barbilla con los dedos.
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Fragmento del relato incluido en RELATOS ÍNTIMOS DE MARY ANN GEEBY.

viernes, 24 de enero de 2014

LOS SENTIDOS 1



Hola: Hace unos días, hablando con mi amiga Vanesa, "creamos una fantasía" a partir de algo que le había ocurrido. Se me ocurrió escribir un relato y me puse "manos a la obra" Bueno, mi mente romántico - erótica se enredó demasiado y he decidido dividir el relato en tres partes. Aquí os dejo la 1ª, dedicada por supuesto a ella. Va por ti, Vanesa. Te quiero.
Mary Ann.


LOS SENTIDOS

Sandra se levantó con dolor de cabeza. Le costaba abrir los ojos y le molestaba la poca luz del flexo. Como pudo, se acercó al cuarto de baño. Se lavó la cara y soltó un taco. Hoy no podría ponerse las lentillas. Metió las gafas en el bolso, pues sin ellas estaba perdida, aunque se negaba a ir con ellas por la calle.
Se vistió, se aseó y desayunó. Tenía que hacer unas compras, pero antes pasaría por la óptica. Manuel le vería el ojo y le diría algo.
Cuando llegó a la óptica, Manuel le recibió con una sonrisa:
- Buenos días, preciosa. ¿Ocurre algo? – le preguntó.
Manuel era un bombonazo. No era muy alto, pero sí muy guapo. A veces vestía de traje, a veces de sport, pero siempre iba impecable. Cada vez que se le acercaba para verle los ojos, Sandra se quedaba “colgada” de su olor. En la primera consulta, no pudo resistirse a preguntarle qué perfume usaba. Él le dijo que Playboy Vip, y le preguntó si le gustaba, a lo que ella le contestó que mucho. Manuel le propuso una cita, pero Sandra declinó la invitación, pues acababa de conocerle. Desde entonces, cada vez que acudía a la óptica, él reiteraba su invitación y ella se excusaba una y otra vez.
- Necesito que me mires el ojo izquierdo, Manuel. Me duele desde ayer y no me puedo poner las lentillas. – respondió Sandra. No podía negar que este chico le encantaba. Cualquier día de estos aceptaría esa cita.
- ¿Qué te mire el ojo? ¿Uno de tus preciosos ojos verdes? Será un placer, como siempre. Pasa por aquí, preciosa.
A Manuel le gustaban mucho los ojos de Sandra, pero a ella le fascinaban los preciosos ojos verdes de Manuel. Él llevaba unas gafas de pasta negras que a Sandra le encantaban. Pero lo que más le gustaba de él eran sus labios: grandes, claritos, que cuando sonreían, a ella se le nublaba la vista. Siempre pensaba qué se sentiría al besarle: seguro que besaba genial.
Manuel siempre le llamaba preciosa. Sandra entró en la sala de consulta y se sentó en el sillón. Manuel comenzó a mirarle los ojos y, al terminar, separó el oftalmoscopio y se le quedó mirando desde tan cerca. Inspiró…, expiró… y se retiró despacio, sonriendo, mientras negaba con la cabeza.
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Fragmento del relato incluido en RELATOS ÍNTIMOS DE MARY ANN GEEBY.

lunes, 13 de enero de 2014

EL FISIO

Hola:
Ya estoy aquí otra vez. He escrito un relato corto, un poquito "Vainilla" (como diría Christian Gray). No sé si será para equilibrar los últimos textos escritos con Julián Pulido. Este es sólo mío: bueno, ahora también es vuestro. En principio, acaba aquí mismo, salvo que surja una continuación... Como siempre, espero que lo disfrutéis. Besos.



EL FISIO

Entré agotada en la peluquería y me acerqué a Mila, mi peluquera:
- ¿Tienes libre para atenderme ahora, Mila? – le pregunté.
- Bueno, si puedes esperar 20 minutos, te cogemos. ¿Qué te vas a hacer, Julia? – me contestó.
- Lavar y peinar. Luego me iré a dar un masaje, estoy toda agarrotada del cuello. – le contesté.
- Hey, ¿Por qué no vas al fisioterapeuta de aquí al lado? Mira a ver si te coge ahora y luego te lavamos y peinamos. ¿Quieres?
- Sí, lo necesito. Voy a ver si me lo puede dar ahora mismo. – Salí y me dirigí a la consulta del fisio.
La habían abierto la semana anterior, de modo que no conocía al dueño. Al entrar, me recibió un bombonazo y supuse que sería el recepcionista.
- Hola, bienvenida. ¿Qué querías? – me preguntó con una sonrisa maravillosa y una voz grave, de las que te hacen olvidarte de a qué narices habías ido.
- Hola. Quería ver si me podían dar un masaje ahora mismo. Ya sé que no es lo habitual, que habría que pedir hora, pero pasaba por aquí y pensé que si tuvierais un huequito… – respondí con mi mejor cara de “por favor, por favor, que lo necesito”.
- Ningún problema. Si pasas por aquí, te puedes ir quitando la ropa. Ahí tienes una bata. Cuando estés lista, toca este timbre y entraré. – me respondió acompañándome al box.
- ¿Así, ya? ¡Qué bien! ¿Entonces el “fisio” está libre? ¿Me puede atender? – pregunté mirando a todos los lados, a ver si veía por fin al fisioterapeuta.
- ¡Sí, está libre! Quiero decir, que estoy libre. Hoy no hay ninguna cita. E iba a cerrar en unos minutos – me dijo sonriendo de nuevo.
- Ah, pero entonces… ¿eres tú? Perdón, yo creí que tú… Lo siento. Y, bueno, si ibas a cerrar… – creí que debía callarme de una vez y dejar de balbucear como una idiota.
- Sí, soy yo. Encantado: mi nombre es Rubén. Soy el fisioterapeuta. Acabo de abrir la consulta y todavía no dispongo de recepcionista. No tienes que disculparte por nada y sí te voy a atender, por supuesto. – lo dijo entre carcajadas, alargando su mano hacia mí para formalizar la presentación. – Por cierto, no me has dicho tu nombre.
- Encantada, soy Elena. – le correspondí al saludo. Entré en el box y posé mi abrigo y mi bolso sobre una silla.
Rubén salió sonriendo y cerró la puerta. Me desnudé, me puse la bata y me tumbé en la camilla. A continuación, toqué el timbre para indicarle que ya estaba lista.
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Fragmento del relato incluido en RELATOS ÍNTIMOS DE MARY ANN GEEBY.

sábado, 11 de enero de 2014

"LA CENA"

Hola:
En la última entrada os expliqué que "había algo por ahí" referente a la cena. Pues bien: esta es la 1ª vez que he escrito con otra persona. En este caso, él me contó la historia, tal y como sucedió. Parte de ella es cierta y otra parte es inventada. Yo seguí exactamente la historia que me relató y la escribí.
Para ser la primera vez que escribo con alguien, la experiencia me ha encantado. Lo más difícil fue intentar poner en mis manos las palabras de Julián, o conseguir escribir fielmente lo que él me estaba contando. Y no debe haber quedado tan mal, porque la publicó en un foro de facebook y tuvo mucha aceptación. De nuevo es un relato erótico. Espero que os guste. 



LA CENA 

Autores: Mary Ann y Julián Pulido

Salió agotada del trabajo. No quería irse a su casa: prefería ir a ver a Julián. Él siempre solucionaba sus calentones y le daba lo que ella quería: sexo del bueno, sin compromiso. Había quedado con él en que se pasaría por su casa, cenarían y follarían un rato. Quizá hoy la dejara quedarse a dormir con él. Esperaba que no hubiera preparado una gran cena: algo de picar estaría genial. Entró y se lo encontró tumbado en el sillón del salón, viendo una película. A ella le gustaban las comedias románticas, pero Julián prefería las de acción.
- ¿Qué ves? – preguntó María, agachándose sobre su boca para darle un beso en los labios. Él la agarró del cuello y la retuvo, alargando el beso, abriendo despacio sus labios para introducir su lengua. Mordisqueó suavemente su labio inferior y lamió el superior.
- Mmmmm… Tenía ganas de verte. – Contestó Julián sonriendo, mientras se separaba de ella. – “Objetivo: la casa blanca”. Es del “moñas” ese que te gusta a ti. ¿Gerard Butler, se llama?
- ¿Moñas? ¿MOÑAS? Es mi actor favorito, me encanta, está buenísimo!!!! – rebatió María. Volviendo a acercarse, continuó – Mmmmmm, ¿podríamos repetir ese beso? Yo también te eché de menos.
- ¡Claro! – accedió Julián. Retiró la mano de su cuello y la metió por debajo de la falda del vestido. Tocó el muslo de María y fue subiendo poco a poco, retrasándose con el dedo en el encaje de las medias. ¡Dios, cómo le gustaban esas medias sin ligas! Se sujetaban solas en lo alto del muslo y dejaban paso libre hasta llegar a sus bragas. – ¿Tienes mucho hambre? – le preguntó con esa voz grave, que a María le calentaba hasta las pestañas.
- Un poco, no demasiado. ¿Qué has preparado para cenar? – preguntó María, separándose con desgana.
- Unos canapés de salmón. El martes me dijiste que tenías ganas de probarlos. Vamos a cenar en cinco minutos, si quieres. Abro el vino y lo pongo en el decantador, para que respire. – explicó Julián levantándose.
- Bueno, voy al baño y a ponerme un poco más cómoda. – Dijo María yendo a la habitación.
- Sí, María. Dúchate y ponte eso que te he dejado sobre la cama. ¡Y no te quites las medias ni el sujetador, pero sí las bragas! ¡Ah! ¡También tienes que ponerte ese juguete que he colocado encima! – la voz de Julián no dejaba lugar a dudas: era una orden y María debía cumplirla.
Entró en la habitación y encontró sobre la cama un vestido azul, muy pequeño: muy cortito y muy ajustado. Sobre él, había un pequeño huevo plateado. Ella sabía de sobra dónde debía colocarlo, así que fue al baño, se duchó y se lo colocó. Tenía claro que ese objeto vibraba, manejado con un mando que con toda certeza tendría Julián. Esa simple convicción la hizo calentarse. Volvió a la habitación y se enfundó el vestido. Había que reconocer que estaba preciosa. Comprobó que estaba lista y regresó al salón.
- Estoy preparada. – le dijo al llegar.
- ¿Sí? A ver, que te vea – le cogió de la mano, levantándosela. – Date una vuelta… Sí, de acuerdo, entonces siéntate, cielo. – añadió Julián, sonriendo.
En el momento de sentarse, Julián metió la mano en su bolsillo y el huevo comenzó a vibrar en el interior de María. Ella gimió, se sujetó a la mesa y se sentó, al tiempo que cerraba los ojos.
- ¿Todo bien, María Lourdes? – le preguntó Julián en una carcajada, utilizando su nombre completo que a ella tanto le fastidiaba.
- Todo genial, Julián de Todos los Santos – respondió María para molestarle a él, sin conseguirlo.
Comenzaron a cenar y Julián decidió subir el nivel de vibración, con lo que María dio un bote en la silla. Le sirvió una copa de vino y propuso un brindis:
- ¡Por la cena de hoy, para que te guste el postre que te he reservado! – deseó Julián.
- ¡Por ello! – secundó María.
Terminaron los pinchos y Julián volvió a subir el nivel de vibración, colocándolo al máximo. María comenzó a gemir sin pudor, colocando sus manos en los muslos, pues no era capaz de aguantar el calentón en silencio.
- ¡Dios, qué caliente te pones, vamos, córrete para mí! – le propuso Julián.
- ¡Sí. Me corro…. No puedo esperar más… Me corroooooooo! – gimió María dejándose caer sobre la mesa.
Julián acarició su espalda y apagó el vibrador para permitirle relajarse un poquito.
- Déjame que te lo quite. Enseguida empezaremos el segundo round. – ordenó de nuevo.
María abrió las piernas, dando acceso a la mano de Julián que le quitó el huevo, colocándolo sobre el mantel. Pero los ojos de éste se abrieron cuando vio salir de su coño esos hilillos de líquido, que a él le ponían tan cachondo. Así que sentó a María sobre sus piernas y le metió dos dedos en el coño.
- Sácate una teta. Así, frótala. Tírate del pezón. Ahora, dámela, te la quiero comer. – Y como siempre, hizo todo lo que él le pedía.
María obedecía siempre a Julián en los momentos de sexo. Ella siempre estaba dispuesta a un buen orgasmo y a él le encantaba. Por otra parte, él siempre le ordenaba cosas que a ella la llevaban al máximo. Nunca usaban palabras románticas; eso no iba con ellos. A María le gustaba que Julián la llamara “cachonda” y a él le gustaba usar un lenguaje directo con ella.
- ¡Más, por favor, sigue follándome! – pidió María.
- Meteré un tercer dedo si me prometes que gritarás mientras te corres esta vez. – le prometió Julián, poniéndole una condición.
- Sí, gritaré, lo juro. – prometió María. Julián metió otro dedo y aumentó el ritmo de las embestidas. También siguió castigando sus pezones con fuerza.
- ¿Te gusta que te folle con mis dedos, cachonda? ¿Te gusta que te coma las tetas, que mordisquee tus pezones? ¿Te gusta? – le preguntó Julián, viendo que ella comenzaba a convulsionarse por el orgasmo cercano.
- ¡SÍ, ME GUSTA, FÓLLAME CON FUERZA! – respondió ella gritando.
María se corrió en las manos de Julián, entre gritos y gemidos de placer. Luego dejó caer su cabeza en el hueco del cuello. Mmmmm! Era un gustazo relajarse oliendo su aroma, a chocolate y a sexo.
- ¿Has cenado bien, cielo? – le preguntó Julián, de nuevo su voz grave, cargada de deseo. Sus ojos se habían oscurecido y su boca se arqueaba ligeramente de un lado.
- He cenado genial. Y el postre me está encantando. Pero ¿no crees que ya voy servida por hoy? Quizá tengamos que acostarnos ya, a dormir. – sugirió María.
- ¡De eso nada, cachonda! ¿Te acuerdas que te prometí una maratón de sexo? Pues esto no ha hecho más que empezar. Te correrás varias veces más hasta que me supliques que paremos, porque no puedes más. Pero eso será dentro de mucho rato. ¡Vamos a la cama! Estoy loco porque me comas la polla y también quiero follarte ese culo tuyo tan apretado, que me pone a cien.
Se dirigieron a la habitación y María colocó las manos en el pantalón de Julián, mientras iba tarareando “Ardor, que fue bajando hasta el cinturón, que tú desabrochaste sin ningún pudor…” A los dos les traía recuerdos muy tórridos la canción de Pablo Alborán. Le ayudó a quitarse el pantalón y los bóxers y a tumbarse en la cama. Julián cogió a María del pelo y dirigió su cabeza hacia abajo. No había duda de lo que él quería, pero a ella también le encantaba. Metió su polla en la boca y de la primera embestida la llevó hasta el fondo de su garganta. Se retiró despacio y comenzó a moverse adentro y afuera, estrechando los labios sobre el tronco de su hombre. ¡Dios, cómo le gustaba que Julián le follara la boca! La sacó despacio y la mordió, no muy fuerte, como a él le gustaba. También se dedicó a lamer y mordisquear la cabeza, entreteniéndose en la corona, con su lengua, con sus dientes, para volver a metérsela hasta dentro. Julián comenzó a mover las caderas y sujetar la cabeza de María, a la vez que gemía:
- ¡Así, nena! ¡Joder, cómo me gusta follarte la boca! ¡Un poco más! – Pero entonces se la sacó. – Colócate, María, quiero follarte el culo.
Y así lo hizo ella. Se colocó, abrió sus piernas, expuso su ano y le acercó el lubricante. Él extendió un poco en la abertura y otro poco en su polla, y de una sola embestida, se la metió hasta el fondo. María comenzó a masturbarse, frotando su clítoris, al principio más despacio y después, más deprisa y fuerte. Julián la follaba con fuerza, de modo que creyó que se iba a correr dentro de ella, pero en un momento, él le dijo:
- ¡Abre tu boca, zorrita! En cuanto te corras, me voy a salir y me voy a correr sobre tus tetas y quiero que caiga algo en tu boca. Luego te lo tragarás, ¿vale?
- ¡Claro, Julián, me lo tragaré todo! – respondió ella. – Ya me corro, ya me corro, ¡JODER, ME CORROOOOOOOOOOO! – volvió a gritar de nuevo.
De modo que Julián se salió, cogió su polla con su mano y la bombeó con fuerza sobre el pecho de ella. Enseguida salió el primer chorro de semen, que él esparció sobre sus tetas. Al brotar el segundo, se aseguró de que cayera en la boca de ella. María comenzó a tragar con ahínco y buscó más, acercándose incluso a la punta de su polla, chupándola y terminando de exprimirla.
Ambos se quedaron tumbados en la cama, recuperándose del último orgasmo. Enseguida Julián le preguntó:
- ¿Querrás ahora que te coma el coño? No hemos hecho demasiado caso a tu clítoris. – era increíble la capacidad de recuperación de este hombre. Esto también le gustaba a María.
- Claro, sabes que me encantaría. – respondió ella.
- ¿Sabes? Llamé a Julia para que se nos uniera hoy. Me habría gustado que te comiera el coño mientras tú me comías a mí la polla. Pero no le fue posible venir. Así que tendrás que arreglarte con mi boca y mi lengua.
Por supuesto, con semejante contexto, María estaba de nuevo caliente como un horno. Julián se le acercó y comenzó a comerle el clítoris. Chupaba, lamía, mamaba y mordisqueaba ese botón rosa que ella siempre tenía duro y mojado. Cogió el delfín de la mesilla y se lo metió mientras seguía castigándole con su boca. De vez en cuando paraba para darle un azote y continuaba con su tarea. En unos pocos minutos, María mojó las sábanas y la cara de Julián, gritando de nuevo, mientras él se bebía toda la humedad de ella.
En cuanto se recuperó un poco, le dijo:
- Voy a ducharme y me quedo a dormir, ¿de acuerdo?
- No, María. Dijimos sin compromisos. Eso implica que te vayas a tu casa después de follar. – le respondió Julián muy serio.
- ¡De acuerdo! – contestó ella levantándose, enfadada. – ¡Enseguida me ducho y me voy!
- De nuevo has equivocado la respuesta, María. No vas a ducharte. Te vas a tu casa con tu marido. Y te llevas en tu piel mi olor y mi sabor. Si quieres ducharte, te duchas en tu casa. – añadió sonriendo, hablando despacio.
- Pero Julián, él notará que he estado con otro. ¡No me puedes hacer eso! – protestó María de nuevo.
- Sí puedo. Lo estoy haciendo. Cuando quieras, revisamos los términos de nuestro “acuerdo”. Eran, si no me equivoco, sexo duro, sin compromisos, sin quedarte a dormir ni abandonar a tu marido. Tú lo sabes: el día que decidas abandonarlo y venir a vivir conmigo, te ducharás aquí y dormirás conmigo. Eso sí: no follarás con nadie más que conmigo o con quien propongamos de mutuo acuerdo. Pero hoy no vamos a debatir todo esto. – sentenció Julián.
- ¿Sabes algo? Al final conseguirás que te deje. Me enfadaré tanto que no volveré más. – le amenazó ella, muy enfadada.
- No, María. Tú siempre volverás, porque yo te doy algo que no te da nadie más. Ahora vete a tu casa y descansa. Llámame mañana y, si quieres, quedamos. Buenas noches. – y Julián se dio la vuelta y se dispuso a dormir.
- Buenas noches y felices sueños – susurró María antes de salir por la puerta.
Bajó al coche y rompió a llorar. Sabía que Julián tenía razón: ella era una zorra que sólo quería sexo sin compromiso y sabía que él se lo daría una y otra vez. Para vivir, seguiría con su marido. No le satisfacía en absoluto: era soso, aburrido y no le gustaba el sexo. Pero tenía dinero y posición, de modo que no le abandonaría. Siguió llorando hasta llegar a casa.
Nada más entrar comprobó que su marido estaba ya acostado y se fue a la ducha. Siguió llorando mientras se duchaba. Odiaba reconocer que Julián tenía razón. Salió, se secó y se enfundó su horrible pijama de franela. Antes de salir del baño, envió un wassap a Julián:
- Tienes razón, me conoces muy bien. Mañana te llamo y quedamos para follar de nuevo.
Se metió en la cama y se durmió pensando en la cena, en el postre, en Julián y en ella…


jueves, 9 de enero de 2014

SIN CENAR

Hola:
Varias de las personas que habéis leído mi relato "La autovía" me habéis dicho lo mismo:
- Pero Mary, al final Pablo y tú os habéis quedado sin cenar.
Jajajaja, pues es verdad: no me había dado cuenta.
Algunos ya sabéis que me fijé en Gerard Butler para crear el personaje de Adrián, protagonista de mi novela. Por eso, aunque el protagonista de "La autovía" se llame Pablo, me vais a permitir que imagine al mismo hombre: ¡soy bastante monógama!
Y hoy no voy a colgar un relato, porque tengo uno "por ahí", a medias con alguien, y creo que "en breve" os lo enseñaré.
Pero os dejo la foto de Pablo, preparándose para cenar. Yo no salgo en la foto porque me estaba vistiendo. Amigas, deleitaros con este hombre, que es un auténtico bombón.

Para todos, os dejo foto de lo que pasó después de la cena. Gracias y besos.

martes, 7 de enero de 2014

LA AUTOVÍA

Hola:
Soy Mary Ann y os doy la bienvenida a mi blog.
Quiero compartir con vosotros el primer relato corto, erótico, que escribí.
Espero que os guste.
Besitos!!!!




La Autovía.

Salí de la tediosa reunión a las 8 de la tarde. Bajé corriendo las escaleras, temiendo rodar sin remedio. Todo el mundo en la oficina sabe que soy una patosa. Llegué al aparcamiento, me subí al coche y arranqué. Antes de llegar a la autovía ya había llamado a Pablo, por el manos libres.
- Dime cariño – respondió al segundo tono.
- Acabamos de salir. – Le informé – Lo que tarde en llegar: échale 25 minutos.
- De acuerdo. Voy preparando la cena. No corras, ¿eh? – Dijo Pablo, preocupado.
- Tranquilo, cariño, voy tranquilita. – añadí. – ¿Qué tal ha sido tu tarde?
- Aburrida. Te eché mucho de menos. – me dijo con voz grave.
- ¿Ah, sí? ¿Cuánto me has echado de menos? ¿En qué has pensado? – decidí seguirle el juego.
- Pues en ti y en mí, en nosotros… – lo dejó en el aire.
- ¿Podrías ser un poco más explícito? – le pregunté juguetona.
- Podría. Pero yo puedo hablar y tocarme a la vez. Sin embargo, no quiero que apartes tu atención de la carretera. ¿Me prometes tener cuidado? – volvió a mostrarse intranquilo.
- ¡Prometido! Y ahora aclárame eso de que te tocas mientras me hablas. ¿Qué te estás tocando? – le insté a seguir. A Pablo nunca le había gustado hablar cuando teníamos sexo. Pero esta vez estaba lanzado. Yo no sabía si era porque era por el teléfono o es que me había extrañado demasiado, pero todo esto me estaba gustando.
- Pues he desabrochado los botones de mi pantalón, me he bajado los bóxers y he cogido mi polla en la mano. No veas cómo está, cariño. Ella también te echa de menos un huevo. – continuó él con esa voz que me calentaba hasta la última neurona.
- ¿Quieres saber lo que me imagino, Pablo? Pues que me acerco por delante de ti, me coloco entre tus piernas, me arrodillo despacio y acerco mi boca a tu erección.
- ¡Hmmmm! ¡Sigue, por favor! – susurró él.
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Fragmento del relato incluido en RELATOS ÍNTIMOS DE MARY ANN GEEBY.